Zamora

A la ribera del Duero

Sobre las peñas de Santa Marta, de piedra arenisca y dorada, rodeada por el Duero se alza, majestuosa, la ciudad de Zamora en plena Vía de la Plata. Río Duero que durante mucho tiempo fue frontera entre musulmanes y cristianos, muy cerca de la frontera con Portugal. En Zamora nació el reino independiente de Portugal, hecho que indudablemente marcó la importancia estratégica que tuviera la ciudad durante siglos, convirtiéndose en uno de los principales baluartes defensivos del Reino de León. Lugar donde descubrir a personajes tan notables como Viriato, Doña Urraca o el Cid Campeador.

Paseando por Zamora

Paseando por sus calles tranquilas, salen a nuestro paso magníficos rincones del pasado, monumentos que nos hablan del esplendor del que ha gozado Zamora a lo largo de los siglos. Recorriendo el empedrado del primer recinto amurallado, a buen seguro, nos toparemos con algunas de las veintidós iglesias románicas que aún conserva la ciudad, o bien con restos de este estilo medieval, conformando un total de veintitrés templos si contamos con la Santa Iglesia Catedral del Salvador. Todo ello supone la mayor concentración de iglesias de este estilo en una urbe. Cada una con su singularidad y belleza, imposible mentarlas todas: La Magdalena, San Cipriano, San Juan… entre todas destaca la Catedral, conocida como la Perla del río Duero, con su cimborrio de influencias francesas, islámicas y bizantinas, una de las obras maestras del románico español. En su interior no podemos dejar de admirar su colección de tapices flamencos, en particular los de la segunda mitad del siglo XV, considerada una de las más importantes en su género a nivel mundial.
Proseguimos el camino por los jardines del Castillo y la anteriormente conocida como Puerta de la Traición, rebautizada recientemente como Puerta de la Lealtad. Son espacios imbuidos de historias del romancero, angostas calles y recoletas plazas que se abren en amplios miradores hacia el río Duero, con sus puentes y aceñas, nombre dado a los antiguos molinos de agua.
También encontraremos palacios, reflejo de las importantes familias que por aquí pasaron y dejaron su impronta y fijaremos la vista especialmente en el Palacio de los Condes de Alba y Aliste, actual Parador de Turismo.
A partir de la Plaza Mayor se abre la zona comercial, que sigue siendo un área monumental, con iglesias, palacios y, sobre todo, con un nutrido número de edificios de finales del siglo XIX y principios del XX que nos hablan del esplendor de una burguesía zamorana que reformara esta parte de la ciudad y que coincide con el segundo recinto amurallado. Se trata de edificaciones historicistas, eclécticas, y de diecinueve casas catalogadas como modernistas. Este original estilo se debe a la llegada en 1908 de un arquitecto catalán a Zamora, quien introdujera este nuevo lenguaje arquitectónico y decorativo en la ciudad. Herencia de ello es que Zamora aún preserve edificios decorados con elementos vegetales, una intensa variedad de colores y materiales. De hecho, la valía de estas edificaciones se ha visto reconocida internacionalmente, ya que la capital zamorana forma parte de la prestigiosa Ruta del Modernismo Europeo.
Sin duda, un gran pilar de Zamora es su Semana Santa, una de las primeras en ser declaradas de Interés Turístico Internacional y la primera como Bien de Interés Cultural. Durante diez días más de cincuenta pasos recorren las calles zamoranas. Se caracteriza por la austeridad, el recogimiento y, especialmente, por el fervor de sus gentes que se vuelcan año tras año en su celebración con inquebrantable pasión.
Por último, no podemos dejar Zamora sin disfrutar de su magnífica gastronomía. Vinos, quesos, chorizo o ternera de Aliste son solo algunos de los ingredientes con los que recuperar las fuerzas tras el largo recorrido.
Y que no olvide el visitante al conocer esta ciudad de muchas ciudades que “no se ganó Zamora en una hora”.

Rocío Luis Corcero

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